sábado, 3 de diciembre de 2011

Ella, sin más.

Sentada en su cómoda silla de estudio, frente al escritorio, miraba por la ventana. Niebla. Una niebla que lo ensombrecía todo, que lo tornaba más lóbrego, que apagaba la vida. Se incorporó y observó su habitación; a veces tan grande que le parecía infinita, y otras veces tan pequeña que pasaría por una prisión. No duró mucho tiempo de pie, pues se tumbó boca arriba en la cama y comenzó a jugar con una pequeña pelota de tela, lanzándola hacia arriba. Cada golpe que la pelota daba en el techo era como una puñalada para ella.
Pam. Había discutido con sus padres, como de costumbre, pero ya dudaba que pudiera confiar en ellos. Pam. Se había distanciado de tal manera de sus amigas que ya no podía recordar quién de ellas lo llegó a ser algún día. Pam. En el instituto todo iba de mal en peor. Si le costaba un mundo recordar a sus amigas, más aún le costaba hacerlo del último exámen que sacó más de un tres. Pam. Todo ésto por no hablar de... Él. Realmente las cosas habían perdido tanta relevancia que ni le importaba que se liara con una cada semana. Pam. Su yo interior se podía comparar con Chernobil: frío, vacío, muerto. Pam. ¡Joder! Me está poniendo nerviosa ese puto ruido, se dijo para sí, y tiró la pelota a un rincón de la habitación.
En esos momentos de angustia y desesperación que recorrían cada rincón de su cuerpo era cuando la habitación se parecía más bien a una cárcel. Pero ella bien sabía que la mayor prisión en la que estaba encerrada no era física, sino que estaba dentro de ella. No sabía qué hacer, ni tampoco sabía qué había hecho para que le pasara todo eso, así que rompió a llorar. Lloró y lloró desconsoladamente durante un largo rato, con la única compañía de una caja de pañuelos y su gata, que parecía estar más preocupada por los auriculares del móvil que por el estado de ánimo de su dueña.
Y cuando todo parecía oscuro, apagado, sombrío, perdido, algo pasó; una bombillita comenzó a desprender una luz suave y tenue en su cabeza. ¿Pero qué cojones estoy haciendo? Se preguntó. Cogió un par de pañuelos más y se secó las últimas lágrimas que se resbalaban por su cara. No me jodas, ¿se puede saber qué hago suicidándome con balas de goma, como decía aquel cantante? Se frotó la cara para despejarse y volvió a mirar por la ventana. La niebla estaba remitiendo. Es más, un tímido sol se asomaba por entre las nubes, haciendo el amago de querer salir. Se levantó bruscamente de la silla y se dirigió al armario. Cogió lo primero que pilló y se lo puso. Unos vaqueros y una camiseta cualquiera, perfecto para la ocasión. Cogió las llaves y le dio un beso a su pequeña gatita, que se había recostado encima de su pijama, antes de abrir la puerta de la entrada.
-¿A dónde vas a estas horas, hija?
-No te preocupes, mamá. Volveré en un rato.
-¿Pero a dónde...?- Antes de que pudiera acabar, su hija ya había salido por la puerta, dejándola con la palabra en la boca.
Bajó las escaleras apresuradamente, pretendiendo alcanzar portal lo antes posible, como si la gran puerta de metal que daba a la calle fuera la salida de esa prisión interior que le ahogaba. Llegó al hall principal y, sin ni siquiera dar la luz, se dirigió hacia la puerta y la abrió con un golpe seco.
En cuanto se vio en la calle se paró, cerró los ojos y respiró hondo, muy hondo. Acto seguido miró a su izquierda y comenzó a andar. Al principio iba muy despacio, como un bebé que está aprendiendo a andar, pero luego aceleró poco a poco, y cuando se quería dar cuenta, estaba corriendo como una loca a lo largo de la avenida. El sol se había descubierto y lucía como nunca. Corrió y corrió durante un buen rato, saboreando el aire que le rozaba la cara, los árboles que pasaban como sombras a sus extremos, las personas indiferentes, algunos comercios que ya estaban empezando el turno de tarde, bares llenos de gente disfrutando de algún partido de fútbol. La vida.
Un señor cuyos mejores años ya quedaron atrás la miró extrañado, quizás viendo que estaba exhausta, y no pudo por más que decrle algo.
-Pero joven, tranquilízate. ¿Te pasa algo?
Ella paró de correr y miró al señor. Se tomó un instante para recuperarse antes de contestar, pero finalmente le gritó:
-¿Que si me pasa algo? ¡Claro que sí! ¡¡¡Que estoy viva!!!

 “Es muy probable que las mejores decisiones no sean fruto de una reflexión del cerebro sino del resultado de una emoción".
Eduard Punset

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1 comentario:

  1. He visto tu blog en el de Marta y me han encantado tus textos!
    Te sigo,sigue así
    Un beso desde http://meandlorraine.blogspot.com
    Te espero alli!

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